Recuperando lo que un día se perdió

“La oscuridad no existe, lo que llamamos oscuridad es la luz que no vemos.”

—Henri Barbusse (1873-1935)

Hacía ya bastante tiempo que caminaba de aquí para allá sin un motivo alguno. Día a día hacía lo que tenía que hacer, y en raras ocasiones lo que le gustaba hacer. Era aquel bote sin dirección movido por la corriente del río; era un objeto condenado a desplazarse por inercia, mas no por voluntad propia. En un principio, tenía metas claras y establecidas, sabía lo que quería y lo que necesitaba para alcanzarlas. Para el mundo él era frío, calculador e insensible, pensaba todo dos veces antes de hacerlo; para sí era  soñador e ingenuo, por atreverse a fantasear con sus anhelos.

En pro de conseguir aquello que ansiaba, cambió: llenó su vida de acciones regidas por un horario y cronograma, trajo la monotonía y con ella, sus ideales empezaron a adentrarse en las tinieblas. Con el paso del tiempo, sus ojos perdieron la habilidad de distinguir las cosas por contraste, el resto de sus sentidos se acostumbraron a la cotidianidad, y fue así como sus objetivos se volvieron totalmente imperceptibles para él. La Tierra dejó de ser lo que era, se volvió uniforme y aburrida, o tal vez él dejó de ver las cosas hermosas que hay en ella. Estaba ahí, tan mutable como siempre, al alcance de su mano; lo que ya no se podía entrever eran su motivación, su voluntad y el deseo de conquistar lo inexplorado.

Era un día de primavera, el sol se filtraba por la ventana de la habitación, con algo de pereza se despertó y empezó a prepararse para vivir el primer día del mes de abril. Se levantó de la mullida cama y dio inicio a su rutina diaria. De la nada recordó el día, años atrás, en el que decidiera tomar el camino largo hacia cualquier lugar al que se dirigiera, por la paz que le brindaría el viaje, la tranquilidad que le otorgaría el pasar largos minutos de su vida pensando en la nada, y el sentimiento de calma que embriagaría su ser al limitarse a respirar lenta y pausadamente. Pasó a un lado del gran espejo que reposaba en la sala de estar y al mirar su reflejo, un hombre vestido formalmente lo miraba. Al fijar su vista en el reloj, notó que había transcurrido más tiempo del que pensaba. Estaba tan acostumbrado a realizar las mismas acciones día a día que, aún con su mente surcando un mar de recuerdos, cada cosa que debía hacer fue realizada exitosamente, reparó entonces que estaba listo para adentrarse en el mundo exterior.

Abandonó su hogar, al mirar al cielo, el sol se alzaba sobre él, sus rayos se colaban a través de los árboles, otorgándole al paisaje la apariencia de un cuento de hadas, de un bosque encantado sacado de una fantasía inexistente. Al respirar, el aire llenaba sus pulmones. Empezó a detallar todo cuanto veía. En un momento, y sin previo aviso, su mente navegó de nuevo: le trajo recuerdos de lo que soñó tener, de lo que un día quiso adueñarse. Tan sumido estaba en sus pensamientos que no supo en qué momento todo se volvió un caos: le costaba respirar, le faltaba el aire; su visión era borrosa y nublada; sentía su corazón a punto de abandonar su pecho, éste latía con frenesí, imitando el galopar de un corcel; su cabeza daba vueltas, se sentía mareado, desorientado; los minutos se volvieron horas; y la cordura empezó a abandonarlo. Su mundo dio un giro, Entonces, advirtió que estaba próximo a su meta. Como pudo se puso de pié, y abandonó al causante de su pesadilla, de su malestar.

Una vez en tierra firme, su cuerpo se estabilizó y el desasosiego empezó a desaparecer. Pestañeó un par de veces y lo entendió: era tan evidente, tan obvio. Había olvidado el efecto que produce la adrenalina al recorrer sus venas; lo que es sentirse agitado, jadeante y nervioso. Hacía un par de segundos había sostenido su corazón en la palma de su mano, había sentido su palpitar, y un sinfín de emociones que creyó jamás volver a experimentar. Antes se creía muerto en vida; la ausencia de sus deseos más profundos debilitó su ser; dejó de ser quien solía ser; se convirtió en un hombre  sin libertad, presa de sus obligaciones y responsabilidades. A pesar de todo, el destino lo había preparado todo, había maquinado un plan para devolverle aquello que un día le robó. Fue entonces que se percató que, una vez más, tenía un propósito en la vida.

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2 thoughts on “Recuperando lo que un día se perdió”

  1. Excelente relato… Punto a parte. En un episodio de gintama se puede apreciar una historia similar. Supongo que esto pudo haber sido la inspiracion.

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