Me di cuenta de que el deseo de unión lo llevaba en cada célula de mi cuerpo, en cada manifestación de mi espíritu. Ya no se trataba de imaginar lazos, sino de darse cuenta de que ellos existían: estaba amarrado a la vida y unido a la muerte, amarrado al tiempo y unido a la eternidad, amarrado a mis límites y unido al infinito, amarrado a la tierra y unido a las estrellas. Unido a mis padres, a mis abuelos, a mis ancestros, unido a mis hijos, a mis nietos, a mi futura descendencia, unido a cada animal, a cada planta, a cada ser consciente. Unido a la materia bajo todas sus formas, yo era lodo, diamante, oro, plomo, lava, piedra, nube, onda magnética, estallido eléctrico, huracán, océano, pluma. Amarrado a lo humano, unido a lo divino. Anclado en el presente, unido al pasado y al futuro. Anclado en la oscuridad, unido a la luz. Atado al dolor, unido a la euforia delirante de la vida eterna.

—Alejandro Jodorowsky, La Danza de la Realidad (2010)

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