Exterminio de un matadragones

Se posó sobre la hierba, conjuró un escudo y esperó. Se decía que el hombre que lo miraba ahora fijamente era invencible, el más fuerte de su clase, el asesino de dragones por excelencia, se decía que era alguien de temer. Sin embargo, eso era para los de su misma especie, en él no producía ningún tipo de temor. Estaba orgulloso de ser lo que era, y a la final no había prisa, tarde o temprano, de una forma u otra, todo llegaría a su fin…

El matadragones esperaba que la bestia luchara o que se rindiera, pero ninguna de las dos cosas sucedió. El dragón no se movió, no se inmutó ante el más mínimo estímulo, ni siquiera sus ojos abadonaron el horizonte para prestarle atención a las obvias y agresivas intenciones del cazador. La bestia mitológica se quedó allí, en el valle, echado entre la hierba, aspirando cada gramo de oxígeno, esperando el momento oportuno para actuar. Día tras día y noche tras noche el dragón veía a lo lejos a la bestia de luz, calor y fuego nacer y morir. Era todo lo que sus ojos vislumbraban, lo único capaz de captar su total atención.

El matadragones no se dió por vencido, hizo todo cuando pudo para acabar con su presa, para alcanzar su objetivo, pero sin importar qué intentara o cuántas veces lo hiciera, jamás daba resultado. El dragón estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Casi podía tocarlo con las manos, yacía a un paso de distancia. Sin embargo, era imposible doblegarlo, tocarlo, matarlo.

Pasaron los meses, tan lentamente como fue posible y, con el tiempo, la determinación del matadragones menguó. Un día yacía con su guardia baja, plácidamente dormido, recostado contra el escudo del dragón. De un momento a otro, y sin previo aviso, el mitológico animal lo incineró con una sola llamarada de su fuego puro y maldito. Una sola exhalación de su aliento fue suficiente para exterminar al que una vez fue llamado “el último asesino de dragones”.

El dragón deshizo su escudo y lentamente se irguió. Su trabajo había finalizado, había dado caza al último matadragones que existiera en la época. No podría estar más que satisfecho, había logrado aquello que había jurado hacer desde que era pequeño, aquel día en que ese mismo hombre le arrancó su familia:  desaparecer de la faz de la Tierra, por completo, a los asesinos de dragón.

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